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6月25日 Los sueños sueños no sonNo quiero dar la nota en unos carnavales, así que decido disfrazarme. Y me pongo una máscara, con varios motivos pintados por mí, que es una mezcla entre la cara de Freddy Kruger y la de MC Mefisto Negruri.
Poniéndola y quitándomela continuamente, entro en un lugar bastante lujoso con mi prima y más gente de mi familia. Allí hay un montón de personas famosas e interesantes, pero no me acerco a hablar con ninguna de ellas, tratando de aparentar que no me interesan.
Al cabo de un tiempo lo pienso mejor y llego a la conclusión de que aunque haya perdido tantas oportunidades, ya que muchos de ellos se han ido, mejor intentar conseguir por lo menos una foto con alguno. Decido acercarme a Susan Sarandon, que está guapísima vestida de rojo, muy elegante y aparenta ser mucho más joven de lo que es.
Me doy cuenta de que a la vez que yo, mi tía Manoli se está acercando a ella también cámara en ristre. Así que para no molestarla demasiado, pero un poco fastidiadas, acordamos hacernos una misma foto con ella las dos a la vez.
No sé dónde están nuestras cámaras en ese instante, así que les pedimos a dos chicas adolescentes que nos hagan la foto con la suya. Susan Sarandon le dice algo a mi tía y luego me pregunta a mí que qué hago con esa máscara, aunque yo ya me la había quitado para quedar retratada con mi propia cara junto a ella. Le explico que es una manifestación artística. Las chicas, que no paran de reírse tontamente, nos hacen varias y se marchan diciéndonos que ya nos las enviarán.
Al cabo de unos segundos, me quedo mirando a mi tía y le digo que a dónde pensarán mandarnos las fotos, si no tienen nuestra dirección. Y en ese momento, siento mucha rabia e impotencia y me digo para mis adentros que siempre me pasa lo mismo.
__________ Voy andando con mi prima por Madrid. Mi prima de pronto es mi hermana y estoy teniendo con ella una de esas conversaciones frikis recordando diálogos de películas de las que nos gustan. Mi hermana pronuncia una frase de una de las pelis, lo que provoca que un chico que acaba de cruzarse con nosotras se pare en seco, se gire, nos mire y exclame, repitiendo la fase: “¡Eso lo decía yo en Now and then!”
Foto: Santander, by Suspe Dentro de un recinto acristalado, soy testigo de cómo una ola gigante en una subida de marea atrapa a muchísima gente, a mí incluída. Un hombre mayor se queja porque no entiende cómo siguen dejando que nadie viva tan cerca del mar, si hay crecidas así, aunque no ocurran a menudo. En ese momento miro desde dentro de la cristalera y soy testigo de una especie de repetición del momento en el que la ola enorme nos envuelve, aunque lo que yo veo es cómo se lleva mi toalla y demás enseres de la playa. __________ Termino la jornada matinal a las 14.00 y cuando estoy a punto de irme y cerrar con llave la oficina, llega una señora que trabaja cerca y me pide un ordenador para transcribir un montón de papeles porque el suyo no funciona. Así que accedo y la dejo copiando sin parar en el ordenador de mi jefe y con la puerta de la oficina abierta. __________ Los Reyes visitaban la casa del pueblo, que estaba repleta de gente desconocida, metida en habitaciones que no existen. Y mi madre no estaba, así que yo tenía que hacerles fotos, porque era una ocasión única que los Reyes de España estuvieran en la casa donde nació ella. Pero no encontraba la cámara por ninguna parte y en algunas habitaciones no me estaba permitido entrar, porque estaban llenas de inquilinos. __________ Voy con mi madre a un mercadillo y me quedo clavada en un puesto de pósters de cine, justo el que estaba buscando. Estoy feliz porque por fin vez me puedo permitir todos los que me gusten. __________ Veo pasar ante mis ojos una convocatoria de beca muy interesante que incluye la posiblidad de estudiar en el extranjero. Todo el mundo se entera, al igual que yo, y mi familia y amigos se presentan también para tratar de conseguirla. El día del examen obligatorio, salgo de casa con mucho tiempo para llegar a tiempo. Me dirijo andando al lugar de la prueba y con tiempo de sobra, me dirijo al conserje para preguntarle por el lugar del control. No entiendo cómo pero pasa muchísimo tiempo y cuando encuentro el aula, donde un montón de gente conocida está escribiendo, la examinadora me dice que ya es demasiado tarde para comenzar a hacerlo. No entiendo nada y es especialmente doloroso porque sé que gente importante aprobará y se marchará lejos.
Viajando en tren o en metro por Santander o por Bilbao llegamos a un lugar (¿un vagón de metro? ¿una cafetería? ¿un centro comercial?) y me doy cuenta de que allí, en una mesa, firmando autógrafos, se encuentra Orson Welles. En ese momento recuerdo que había incluído ese evento en la agenda de la web. Pero se me había olvidado. Lo importante es que ahí está. Un joven Orson Welles en blanco y negro, vestido como aparece en El tercer hombre.
Me da un vuelco el corazón pero me doy cuenta de que no llevo la cámara de fotos. Le pido a Manu que me acompañe a casa y nos dirigimos a por ella en una combinación de metros y trenes, como si la distancia fuera considerable y sin embargo, estamos de vuelta enseguida. Al llegar de nuevo al lugar, exclamo "¡pero si he ido a por la cámara y no la he traído!" y miro hacia abajo y veo que la tengo preparada para disparar y a la altura del pecho. Ni me inmuto por el despiste. Me pongo al final de la cola de personas que esperan conseguir unas letras de Welles, pensando que este pobre hombre, tan mayor (aunque no lo aparente), ya estará harto de tanta firma, porque lleva allí unas 8 horas sin parar. Mientras me coloco al final de la cola, una voz en off, de la manera en la que lo expresaría el pensamiento de un personaje en una película, dice mientras se ve a la Cecilia Roth de Todo sobre mi madre, con el abrigo rojo, colocarse al final de la fila: "Esta mujer, siempre la última para todo". Roth desaparece y yo ya no estoy al final de la fila, sino sentada en un asiento del metro, de los colocados paralelamente a las puertas y ventanas, aburrida de tanto esperar.
De pronto aparece Orson Welles, cual revisor, ofreciendo su firma sobre un fotograma de El tercer hombre. Ahí es cuando me doy cuenta de que lo que yo creía una cola, era gente colocada en sus asientos y viajando sin inmutarse por la presencia del genio. Así que le miro para que entienda que a mí me interesa y se pare. Me firma la foto, que tiene un brillo especial, y después se dirige a hablar con Manu, al que unas tres personas separan de mí, y con el que se queda un buen rato, haciéndose incluso un hueco a su lado.
Cuando nos marchamos del metro, comentando el hito que acabamos de vivir, nos cruzamos en unas escaleras con el alcalde de Santander acompañado de algún otro del equipo municipal. Le saludo como si tal cosa y él no responde, pero me da igual. Acabo de conocer a Orson Welles en persona.
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Alguien mayor que yo, creo que Andrés, nos examina a varias personas de una peli en la que aparece Katie Holmes. Mientras nos lo estudiamos, me doy cuenta de que la peli es en realidad Dawson crece, pero Joey tiene el pelo larguísimo, me fijo mientras se tumba en la cama de Dawson. El examinador quiere comprobar si me lo sé de memoria. Pero en realidad, el resultado depende de que me haya fijado bien en todos los detalles. Recuerdo que la primera cuestión es de cuántas preguntas consta el test de la película. Y contesto correctamente que de 31. __________ Vamos con mi tía Manoli de paseo por Madrid. Mientras diviso toda la ciudad como en un mapa, pienso que estamos en la zona más interesante, la de la entrada, que nunca he visitado otras veces con mis amigos. No me importa en absoluto porque la cuestión es ir con ellos.
A mitad de una cuesta, nos encontramos a Lucrecia, la ex cuñada de mi tío, que tiene el pelo algo cano, muy brillante y bien peinado. Mientras la saludamos y observamos detenidamente, mi madre, de pronto, hace una exclamación, acompañada por un gesto de satisfacción y regocijo.
Miramos donde ella señala y vemos, entre unos bancos, un seto que rodea una especie de monumento gore. Tres cabezas de payaso ensangrentadas, con las bocas abiertas, cada una de las cuales representa de manera obvia una inicial de ETA. Mi madre está exultante y su mirada expresa: "Por fin, os lo merecíais".
Yo no doy crédito a lo que veo y me pregunto si no estaremos al lado del Colegio de mi madre en Bilbao y es por eso que ella se ha soltado tanto.
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Paula Novoa Pazos mira a su madre, Irene Espí, con quien se ha reencontrado y le dice: “mamá, que se te está cayendo ya la piel”. La cara se le está quedando gris como a Meryl y a Goldie en «La muerte os sienta tan bien». Yo pienso que eso es una señal de que Paula ya sabe que Sandra está viva y quién es en realidad. El misterio de ‘El internado’ está resuelto.
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Viajo a San Sebastián. Después de un paseo por el puerto, acudo a una prueba en la que tienen que seleccionar parejas. Veo a Mirentxu, sentada en una preciosa cafetería rodeada de más gente mayor. Ella me conoce de alguna situación anterior y ya sé que le caigo mal. Mirentxu es la encargada de la selección y después de ir nombrando pareja por pareja para comunicar que sí pasan la prueba, dice que aunque se imagina que el público no estará de acuerdo con ella, mi pareja es la de menor gancho, así que quedamos fuera, junto a sólo otras dos personas más. Todo el mundo sabe que la decisión ha sido subjetiva. Aunque la selección no era lo que más deseábamos, el rechazo constituye una pequeña desilusión. Me marcho por una angosta carretera en algún tipo de vehículo con ruedas que no veo y al cabo de un buen rato me doy cuenta de que me he dejado casi todo lo más importante en el lugar de la selección, que resulta ser EMedia. Les llamo -sé que por allí andan Lis y Nere- y le pido a quien me coge el teléfono que no cierre, que voy a por mis cosas. Aunque son las ocho menos cinco, acceden. Estoy agobiadísima porque sé que no voy a llegar a tiempo, pero de pronto aparece un camión-autobús de bomberos en el que trabaja Chris Pine wannabe, que al verme tan desesperada se ofrece a llevarme rápidamente hasta ese polifórmico lugar. 6月3日 Y a ninguna le interesaJuan, el portero del edificio en el que está la redacción donde trabajo, se ha jubilado. Cuando empecé a trabajar aquí, el que era mi compañero, me lo pintó como un facha vejete pero majo al que le seguía el juego por tener alguien con quien hablar en los descansos para fumar. Así que me acerqué a él con recelo, consciente también de la mala leche con la que le describían.
Y era cierto lo de su fuerte carácter, nos reñía por dejar los baños sin cerrar o nos hacía bajar por el ascensor si estaba fregando las escaleras. Pero enseguida me di cuenta de que su único objetivo era cuidar del edificio y de la gente que trabajamos en él. Que ningún extraño se colara con aviesas intenciones, que siempre encontráramos el portal reluciente, que no faltara papel higiénico, que cuando a alguien se le olvidaran las llaves, él tuviera una copia y así echarles un cable… Su simple presencia me causaba una agradable sensación de seguridad.
Pero para mí, lo más importante era su conversación. La única persona con la que intercambiar palabras en muchas mañanas solitarias, con sus bromas sobre las juergas de orujo que me traigo (con mis botellas de agua, claro) al traernos el correo, alguien que siempre me saludaba con una sonrisa y una palabra amable, al entrar y al salir, que no tenía reparos en compartir retazos de su vida conmigo, una vida repleta de trabajo y, contrariamente a lo anunciado, marcada por la lucha obrera.
Aunque, sin duda, lo que más echaré de menos será su costumbre de silbar melodías por los pasillos mientras limpiaba. Las notas de Candilejas o El beso, a lo lejos, en un piso en el que sólo se oye abrir y cerrar la puerta del ascensor, siempre me transmitían buenas vibraciones.
Llevo 10 meses viéndolo a diario y me ha dado mucha pena despedirme de él. En el cuarto de contadores, mientras enseñaba sus trucos al nuevo, he bajado a desearle que disfrute de su retiro, que lo merece y con una visible emoción en sus ojos, casi como de abuelo postizo, me ha dicho: “gracias por todo”.
Entonces no, pero ahora me pregunto por qué.
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