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2月25日

Vida y Muerte

 
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No es un cuento, es un sucedido. 

En un lugar llamado Maroño vivían dos hermanas. Vivían solas, en una casa cerca del mar. Una hermana se llamaba Vida y la otra Muerte. Las dos eran muy buenas mozas, muy alegres, y además se llevaban muy bien. Como tenían muchos pretendientes, decidieron hacerse un día un juramento: podrían tener sus amoríos, pero no se separarían nunca. Y lo cumplieron.

Los días de fiesta iban a bailar a un lugar llamado Donaire, adonde iban todos los mozos de la comarca. Para llegar allí tenían que atravesar una marisma con mucho lodazal, así que las dos hermanas llevaban puestos los zuecos y los zapatos de bailar en la mano para que no se manchasen. Los de Vida eran negros y los de Muerte blancos.

 Y pasó el tiempo. Las hermanas cumplían su promesa. Es decir, tenían sus amores pero tarde o temprano volvían a su casa.

Pero una noche de crudo invierno hubo un naufragio, porque éste, como sabéis, es un país de mucho naufragio. El barco que naufragó se llamaba Palermo, e iba cargado de acordeones. La tempestad hundió el barco y esparció la carga. El mar se llenó de acordeones y el movimiento de las olas los hacía sonar. Aquellas melodías fueron empujadas por el viento hasta la costa y escuchadas por las hermanas en su casa. Eran melodías tristes.

A la mañana siguiente, los acordeones yacían destrozados en la playa del lugar. Todos menos uno, que encontró un joven pescador y decidió aprender a tocarlo. Tocaba tan bien como el mismo océano.

La hermana Vida vio tocar al joven acordeonista en una fiesta y se enamoró de él. La hermana Muerte se quedó sola y nunca se lo perdonó.

Es por eso que ahora la Muerte va y viene por los caminos, especialmente en los días de frío. Lleva puestos sus zapatos blancos porque ya os he dicho que la Muerte siempre calza de blanco y llama a las puertas de las casas donde hay zuecos para preguntar: ¿habéis visto a un mozo acordeonista o a la puta de la Vida? Y a quien pregunta, por no saber nada, se lo lleva por delante.

El lápiz del carpintero

 
2月21日

Le rayon vert

“El rayo verde” es un fenómeno óptico que puede verse en ciertas condiciones en el momento en que el sol desaparece en el horizonte del mar. La leyenda dice que dos personas que lo vean a la vez quedan automáticamente enamoradas la una de la otra. Delphine escucha esta bonita historia en boca de un grupo de ancianos y a partir de ese momento ya no puede quitársela de la cabeza, hasta tal punto que condiciona sus movimientos en unas penosas vacaciones.

Abandonada por la amiga con la que iba a irse de viaje y tratando de convencerse de que su última relación amorosa aún existe, Delphine acepta una inivitación para quedarse en el apartamento vacío de una conocida en Biarritz. Pero este y otros frustrados intentos de pasarlo bien durante sus vacaciones de verano sólo consiguen deprimirla cada vez más. Su excesivo romanticismo, sus rarezas y su introversión no la permiten encajar en ninguno de los círculos en los que se mueve.

Le rayon vert (Éric Rohmer, 1986) es una historia sencilla, cotidiana, apoyada únicamente en un personaje débil, pasivo e insatisfecho. Su protagonista, defensora del amor verdadero, ha llegado casi al final de su juventud sin encontrarlo. Lo que en ciertos momentos resulta una personalidad cargante, maniática, excesivamente intensa, consigue finalmente defender su peculiaridad búsqueda de la felicidad y visión de la vida.

Rohmer aboga en la película por el poder del diálogo, del debate, como vía hacia la comprensión. Permanece compasivo con la lucha interna de su heroína y a base de una sinceridad y transparencia constantes, de una puesta en escena libre de artificios, de una cámara prácticamente invisible, nos hace partícipes de sus valores. Cuando llega el emotivo final, la revelación de Delphine ya se ha producido.

Si todo Rohmer es como Pauline en la playa o El rayo verde, se va a convertir en uno de mis favoritos. Habrá que averiguarlo.

PD: Gracias a Félix por su recomendación, acertada como siempre

2月11日

La vida de Rita

Homenajeando a una serie que pasó tan injustamente desapercibida por TV, encantadora desde la música de los títulos de crédito hasta esos guiones delirantemente originales, pasando por los diálogos y la personalidad de los personajes:

"Érase una vez una serie española inteligente, con actores fabulosos y una producción impecable, que hacía reir sin ser zafia y sabía conmover sin necesidad de tópicos. Casi parece un chiste, ¿verdad? Nos hemos acostumbrado a productos mediocres de usar y tirar, formatos importados y sitcoms extranjeras, cuando la realidad es que aquí también sabemos hacer las cosas bien cuando queremos. Esa serie existió y se llamaba La vida de Rita. Y como era de esperar, fue un absoluto fracaso.

La vida de Rita trata sobre tres amigos de personalidades muy dispares que poseen un bar-billar-restaurante llamado como su protagonista. Rita (Verónica Forqué) es una divorciada (y a pesar de todo, romántica incurable) que vive con sus dos hijas: Berta (María Vázquez) una joven apasionada de la vida que colecciona vinilos y escucha música de Zappa y Leonard Cohen; y Leonor (Macarena Gómez), adoptada y con ciertas deficiencias mentales y físcicas que no le impiden ser la más lúcida y tierna de la familia. Rita comparte su tiempo y su negocio con dos hermanos: Samuel (Juan Echanove), eterno enamorado de Rita y puntilloso cocinero del restaurante; y Cucho (Pepón Nieto), trompetista fracasado de mal caracter al que sin embargo resulta imposible odiar. Éstos viven con su padre Fernando (Agustín Gonzalez), un gourmet de excepción y seguidor de la obra de John Huston, a través de la cual trata de dar lecciones sobre la vida.

Primero fue emitida en TVE en horario de máxima audiencia, para ser retirada a la noche de los sábados en La2 cuando vieron que el público no respondía. Nunca se había hecho una serie como ésta en España y probablemente no se vuelva a hacer, visto el resultado que obtuvo. Sin embargo pienso que Televisión Española debió de haber apostado más por La vida de Rita. Muy pocas veces, por no decir casi nunca, se ve en la televisión un producto inteligente, sin caer en tópicos facilones, con personajes realmente complejos y fascinantes que llenan con su presencia el espacio que otros intentan cubrir con chistes de mal gusto, sensiblería, efectos especiales de mercadillo o tramas retorcidas. Porque en eso consistía todo, en la vida de los personajes, en lo que pensaban, en lo que sentían, en cómo afectaban sus decisiones a su entorno. El restaurante Rita era una mera excusa, un nexo de unión a todos ellos, que sin embargo a veces parecía un actor más. 

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Creo muy necesario insistir en que era una serie inteligente. Porque los guionistas no tuvieron reparos en que se hablara sin tapujos y sin miedo sobre literatura, arte, filosofía, sentimientos descarnados o música de jazz sin que en ningún momento parecieran pedantes o de otro planeta. Este país está muy acomplejado y parece que nos da miedo reconocer que tenemos la cabeza para algo más que para hablar por el móvil. Quizás el gran problema de la educación sea ese, que a nadie le gusta admitir su inteligencia; que parece que son los tontos los que realmente viven la vida y los listos los que se la pierden. Por eso nos regodeamos y damos pie a todo tipo de producciones zafias, groseras, con humor grueso y tópicos de hace 50 años.

Vivimos en un mundo de tontos felices. Pero La vida de Rita trató de enseñarnos que hay otro camino, que las grandes experiencias también se encuentran leyendo poesía o escuchando a Charlie Parker. Que no hay que tener miedo a demostrar lo que sabemos y lo que sentimos. Que no toda España es Torrente. Y que en este país también sabemos hacer productos de calidad, si queremos.”

El inadaptado