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11月29日 La venganza de la PetraSi escribiera tan bien como Reverte, lo podría haber firmado yo. Pero hasta que lo consiga, me conformo con reírme a carcajada limpia con sus acertadísimas palabras. El mundo se hunde y nosotros nos enamoramos. Ni los pantalones vaqueros respetan ya estos hijos de la gran puta. Antes era el color lavado o sin lavar, y ahora, el ancho de pata. Tendrían que ver ustedes la cara, mitad conmiseración profesional y mitad coña marinera, con la que me mira el vendedor. «Pues va a ser que no, señor Reverte –dice–. Esta temporada, todos vienen con dos centímetros más, por lo menos.» No puede ser, balbuceo con cara de panoli. Llevo el mismo ancho de pata, o de pernera, o como se diga, desde que el cabo Finisterre era soldado raso. Y busco los de siempre: normales, de faena. De toda la vida. «Pues es lo que hay –responde mi interlocutor–. La moda es la moda.» Y cuando, hecho polvo, dejo los pantalones y me dispongo a tomar el portante, añade: «Es que es usted un antiguo, señor Reverte». Total, que salgo a la calle blasfemando de los vaqueros, de la moda y de quienes la inventaron, mirando para arriba a ver si cae fuego del cielo y nos vamos todos a tomar por saco con las patas anchas de los cojones; pero lo que cae es una manta de agua y todos van con paraguas, y cuando miro para abajo sólo veo tejanos de patas anchas, arrastrados, pisándose el dobladillo o el deshilachado, que ésa es otra. Y como el suelo está mojado, sus propietarios van empapados hasta las rodillas, felices de ir chapoteando, chof, chof, con sus pantalones a la moda de la madre que me parió. Sobre todo las propietarias, porque las perneras acampanadas les encantan sobre todo a ellas, cinturas bajas y pata de elefante, favorecidas y elegantes que echas la pota, amén del companaje para completar figurín. Que parece mentira que haya mujeres capaces de ponerse prendas que les caen como una patada en la bisectriz, sólo porque el modisto de moda necesita trincar cada temporada y Victoria Beckham –esa especie de Ana Obregón vestida de Sissi Emperatriz por el estilista de Barbie, o viceversa– sale en el ¡Hola! Pero así funciona el asunto, creo. A Roberto Pastaflori, a Danti y Tomanti, a Rodolfo Langostino o a cualquier otro modisto puntero, o diseñador, o como carajo se llame ahora el antaño honorable gremio de la sastrería, se le ocurre una imbecilidad para epatar en la pasarela de Milán, verbigracia, que los hombres lleven la bragueta abierta con calzoncillo de camuflaje multicolor, que las mujeres usen ropa de minero asturiano y se calcen un pie con zapato de tacón aguja y el otro con sandalias apaches, o lo que sea, y no les quepa duda de que, durante los meses siguientes al desfile correspondiente –páginas de Cultura de los periódicos, ojo–, todo cristo, ellos y ellas, irán, o iremos, por esas calles con la bragueta abierta dos palmos lanzando pantallazos fosforito, los pavos, y las pavas con casco del pozo María Luisa y cojeando a la moda divina de la muerte, tacón, sandalia, tacón, sandalia, encantados de habernos conocido. Y si sólo fuera indumento, todavía. Los arcanos de tales dictaduras, alegremente aceptadas, son muchos e insondables. Pero ahí están, y vienen de antiguo. Todo empezó a fastidiarse, sospecho, el día en que la primera marquesa gilipollas –francesa, supongo, la Pompadour o una de esas zorras– hizo sentarse a su mesa, dándoles conversación, a su modisto, a su peluquero y a su cocinero. También albergo otra sospecha tenebrosa, que tiene que ver –usando una perífrasis delicada que no alborote mucho el gallinero– con las distintas aficiones y posturas de cada cual respecto al acto venéreo. Dicho de otro modo: lo que abunda entre los modistos no es el estilo camionero tipo Rusell Crowe, sino más bien el Chica Tú Vales Mucho. Pensaba en eso el otro día, hojeando un reportaje sobre quienes dictan la moda de nuestro tiempo. Las fotos eran reveladoras: Jean Paul Gaultier con botas de piloto intrépido acordonadas hasta las rodillas, jersey malva y pantalón de reflejos violetas, John Galiano con melena rubia y rizada hasta la cintura, sombrero de gánster, fular blanco y camiseta negra de pico, Valentino peliteñido, clásico y sobrio como la vida misma, Karl Lagerfeld –aparte esa pinta simpática que tiene, el jodío– con botas de montar, cuello duro, una sortija en cada dedo, una calavera en la corbata y una cadena de bicicleta a manera de cinturón. También venían un par de fulanos más cuyos nombres no retuve, uno con gomina amarilla y las rótulas depiladas asomándole por agujeros de los vaqueros, y otro vestido de Isadora Duncan que iba montado en patinete. Para mí, deduje tras mucho mirarlos, lo que son estos fulanos son unos cachondos. En el fondo –y en la forma– odian a las tías. Y se están vengando. (Arturo Pérez-Reverte, abril 2007) 11月23日 Adiós, FernandoMe decía David ayer en referencia a la muerte de Fernando Fernán-Gómez: “triste día para los amantes de las mentes preclaras”. No hay mejor manera de decirlo, claro que a David se le dan de maravilla las palabras. Como se le daban a este grande que, después de muchos años de derrochar capacidades artísticas, se ha marchado a descansar. Cuando yo era pequeña, me parecía un actor un poco pesado, con mal genio y que gritaba mucho. Cuando realmente supe discernir lo que era actúar, mi visión cambió radicalmente. Pero cuando comencé a apreciar en toda su dimensión el inmenso talento de este perpetuo personaje, fue cuando lo descubrí como director: El viaje a ninguna parte, La vida alrededor y sobre todo El extraño viaje me hicieron valorarlo mucho más. Unido a todo ello, su facilidad de escritura y de palabra lo consagraron ante mis ojos como un pequeño dios viviente en España. Me parece muy triste que haya quien se empeñe en recordarlo como ese viejo que gritaba a los pesados. Porque quienes realmente lo conocían coinciden en que se trataba de otro papel interpretado por él con la misma credibilidad que los demás de su trayectoria. Llevo buscando La silla de Fernando (David Trueba, 2006) hace mucho tiempo sin demasiado éxito. Qué pena que cuando la vea, él ya no estará entre nosotros. En cualquier caso, me servirá para descubrirlo mejor. Por ahora y desde aquí, mi más sincera admiración.
11月14日 Liesl y RolfLiesl estaba enamoradísima de Rolf, un rubio alemán que trabajaba como cartero para su familia. Y siempre que tenía ocasión, Liesl salía de su casa con cualquier excusa para encontrarse con él y sentir mariposas en el estómago. Un día, Liesl y Rolf encontraron uno de esos momentos secretos para estar juntos y mientras bailaban por el precioso jardín de los padres de ella, Rolf avisaba a Liesl de que le tocaría esperar en un escenario vacío hasta que se encendiera la luz y comparaba su vida con una página vacía en la que los hombres querrían escribir. Liesl replicaba embobada: “escribir…”. Rolf le dijo que ella tenía dieciséis años y estaba a punto de cumplir los diecisiete, que era el momento de pensar y tener cuidado porque estaba al borde del precipicio. Que teniendo dieciséis para diecisiete, los hombres caerían a sus pies y harían cola para estar con ella: caballeros y pícaros la ofrecerían comida y vino. Que ella no estaba preparada para afrontar un mundo de hombres, porque era tímida y estaba asustada de lo que se escapaba a su conocimiento. Que necesitaría alguien mayor y más listo que la dijera qué hacer. Él, con sus diecisiete para dieciocho, cuidaría de ella. Liesl le contestó, repitiendo casi como una letanía las palabras de Rolf. Le dijo que ella tenía dieciséis y cumpliría diecisiete, que sabía que era infantil. Que si los hombres la decían que era dulce, les creería. Que con dieciséis para diecisiete, era inocente como una rosa y que no sabía nada de solteros o bebedores de coñac. Que no estaba preparada en absoluto para afrontar un mundo de hombres. Y confirmaba que era tímida y estaba asustada de lo que no conocía. Que necesitaba alguien mayor y más listo que la dijera qué hacer. Que Rolf tenía diecisiete para dieciocho y ella dependería de él. Esa noche se besaron por primera vez. __________________ Y meses más tarde, Rolf no quería saber nada más de Liesl porque la familia de ella era austriaca por convicción y él era nazi y sólo pensaba en trabajar para su régimen.
Foto: Charmian Carr como Liesl en The sound of music (Robert Wise, 1965) Madrid, qué hermosa eres (si te muestran las Rodríguez)Este fin de semana tenía una importancia especial. Porque aunque alguno y/o alguna no lo viera así, se trataba de consolidar algo. De ver si esos bucólicos veraneos compartidos durante nuestra infancia gracias a unas raíces comunes, si esos juegos y locuras que en algún tiempo lo fueron todo, si una amistad nacida de las vacaciones elegidas por la generación que nos precede, esa que compartió su niñez también, si todo aquello podría consolidarse fuera de allí, en un lugar más urbano, más “real” por cercano a nuestras vidas diarias. Y creo que estamos de acuerdo en que por fin, ese paso se ha dado. Seguramente ha ayudado mucho la acogida que nuestras madrileñas nos han brindado, preparándonos una estancia de lujo en una suite repleta de golosinas, pamelas y detalles, el chalet laberíntico e interminable decorado con preciosos cuadros en el que nos hemos quedado, visitas casi exhaustivas por bonitos rincones de Madrid, un montón de viajes divertidos en metro, bus y tren, unas mascotas de lo más cariñoso (y ambiguo), desayunos, comidas y cenas enormes, cantidades industriales de fotos en todo tipo de poses y ubicaciones, una abuelita entrañable y unos padres increíblemente atentos. Pero sobre todo, Gracias, Ruti.
Foto: Diana, Leti, Beúx, Giuco, yo y Ruti poniendo a prueba el automático 11月5日 Un libro insólitoCómo surgió la idea de escribir «Hugo, el niño en sus mejores años» Desde principios de los años 70 se publican año tras año los excepcionales libros infantiles de Christine Nöstlinger. La autora se ha convertido en imprescindible dentro de la literatura infantil alemana e internacional. Una literatura que ya no podemos imaginar sin ella. Sus libros son leídos por adultos y niños, constituyendo éstos ya la segunda generación, pues el tan traído y llevado «quinceañero» tendría ahora más de veinte años. ¿Seguirá leyendo los libros de Christine Nöstlinger? Probablemente. ¿Por qué no? La obra de esta autora vienesa demuestra sin lugar a dudas que la literatura infantil no tiene edad cuando es apropiada.
»Los personajes surgieron después como actores que van al ensayo sin conocer la obra que van a interpretar. Quería que fuese un conjunto de seres variopintos. Grandes y pequeños, personas y animales. La guardia tradicional de la coliflor que se dispone a disparar festivamente contra una llave está inventada, y la mujer pequeña y pobre que vive en la bolsa de papel, también. Pero el conejo, por ejemplo, es un conocido del Mülhlviertel alto austríaco, que trata de darse aire de intelectual con su barba. Mientras no abre la boca todo va bien… |
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