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10月27日

That thing Hanks did!

 Ocurre a veces que determinadas películas, que pasan sin pena ni gloria por los cines y por los círculos de crítica, nos gustan especialmente, conectan con nosotros por motivos desconocidos y nos parecen, a menudo causando perplejidad entre quienes nos rodean, obras destacables que terminan formando parte de nuestra lista de favoritas.

Hace diez años fui al cine a ver The Wonders (That thing you do!, Tom Hanks, 1996) . Hoy he vuelto a verla -celebrando inconscientemente su aniversario- por enésima vez desde que se estrenó. Y sin haberme propuesto buscar las claves que me hacen admirarla tanto, creo haberlas encontrado gracias a mi último visionado.

Cuando vemos The Wonders asistimos al ascenso meteórico de un grupo de rock and roll en 1964 -algo tiene que tener un año en el que se estrenan My fair ladyMary Poppins y se publica A hard day’s night- y a su casi inmediata decadencia.

Guy Patterson trabaja como dependiente en la tienda de electrodomésticos de su padre en Erie, Pennsylvania. Por el día vende tostadoras y radios; pero al llegar la noche, baja al sótano, se sienta a la batería y da rienda suelta a su inspiración. El grupo de unos conocidos se queda sin batería, y le piden que actúe con ellos en un concurso universitario. Un mes más tarde, The Wonders se habrán convertido en uno de los grupos estrella de la Play-Tone Records, con un contrato de grabación, una gira por varios estados y un viaje a Hollywood incluidos. A medida que su tema That thing you do! asciende a los puestos más altos de las listas de éxitos, The Wonders emprenden un sorprendente viaje en el que tendrán ocasión de tocar la fama con la punta de los dedos y ser testigos de primera mano de los felices días del rock and roll.

Y es que la ópera prima de Hanks no quiere contar nada nuevo. Los one-hit groups, frecuentemente reflejados en la gran pantalla, eran una realidad en esa época y lo siguien siendo en esta. Pero el protagonista de Forrest Gump se sirve para transmitirnos su mensaje -Nada bueno dura, y menos en el mundo de la música- de cuatro personajes cuidadosamente confeccionados, los cuatro miembros de The Wonders, grupo supuestamente contemporáneo a The Beatles y que en mi opinión encarnan cuatro actitudes fundamentales dentro de la profesión artística.

 

The Bass Player (El Bajo) (Ethan Embry) - El misterioso
En ningún momento de la película conseguimos adivinar su nombre y ninguno de los otros le conoce realmente pero es obvio que la música no es su pasión. Toca el bajo con sus amigos como podía haberse dedicado a la lucha armada. Un cabeza hueca muy simpático.

Lenny (Steve Zahn) - El bufón
Con la música pretende ligar, pasárselo bien y ganar dinero. Es el graciosillo del grupo y parece no tomarse nada en serio aunque su talento musical no es tan discutible como el de “El Bajo”.

Jimmy (Johnathon Schaech) - El “genio”
El compositor de los temas de The Wonders. Melómano, serio y perdidamente ególatra. Su única preocupación es grabar en estudio las canciones que ha compuesto él. No le gusta perder el tiempo grabando peliculillas de mala muerte, ni yendo de gira ni nada que no desarrolle su talento creativo. Pasa por encima de los demás si es necesario.

Guy (Shades) (Tom Everett Scott) - El “listo”
Así es como le apoda su productor en un momento dado de la película, aunque yo creo que su inteligencia es precisamente emocional y no “cerebral”. El batería del grupo es un fanático del jazz que a pesar de su pasión por la música sabe disfrutar del éxito sin hacer daño a nadie. No suelo censurar nunca las concesiones al idealismo, pero quizá sea ésta la actitud menos realista.

 

 

Tom Hanks y Liv Tyler completan el reparto principal, ambos con unas actuaciones impecables. Él, desdoblándose para dirigir a la vez, se desmarca de ese papel de bonachón que casi siempre le había tocado hasta entonces. Aquí, interpretando al productor Mr. White, permanece impávido ante casi todo mientras realiza su función de “refinamiento” con los chicos, cual ficticio George Martin.

Tyler, en su papel de Faye, la enamoradísima novia de Jimmy que les acompaña durante sus viajes como encargada del vestuario, sirve para poner en juego la obvia oposición entre los dos talentos reales del grupo, Jimmy y Guy,  entre amor egoísta y amor generoso por ella/la música. Cómo se comportan con Faye (uno con indeferencia e incluso crueldad y el otro con ternura y comprensión) sirve como reflejo de las diferencias entre amar la música como realización personal y amarla por ser un maravilloso arte en sí mismo. Desde que en la primera actuación Guy acelera improvisadamente el ritmo de That thing you do! (mejorando notablemente la composición) con el consiguiente enfado monumental de Jimmy (autoproclamado autor de la misma), somos conscientes de que intereses tan enfrentados difícilmente podrán trabajar unidos para lograr un objetivo común (al menos a largo plazo).

Y aunque quizá haya sido este retrato de las diversas personalidades dedicadas al mundo artístico lo que más me ha hecho revalorar la cinta últimamente, no puedo dejar de mencionar una increíble banda sonora original -coescrita por Hanks- que hizo creer a muchos que el grupo había sido redescubierto al realizar la película. El CD imita respetuosamente los sonidos de la época, desde el pop beatlesco (la irresistible That Thing You Do!  junto a I Need You y She Knows It), pasando por los grupos de chicas Motown (Hold my hand, hold my heart) y el surf (Drive faster) hasta el jazz (Time to blow), por nombrar sólo unas pocas de las pistas recomendables.

Pero la música, lógica protagonista en una película con esta temática, no convierte el film en un musical al uso gracias al montaje. Su ritmo evita que escuchemos más de una vez entero el tema principal a pesar de ser éste el hilo conductor de prácticamente toda la película. La mayoría de canciones sólo llegamos a adivinarlas.

Retrato emocionante y vigente del panorama artístico con una banda sonora irresistible y un reparto encantador… Creo que ya he encontrado mis motivos.

10月12日

Dream a little dream of me


Yo saltaba encima de una cama, disfrutando como sólo se disfruta de los placeres prohibidos para los niños. Las paredes y el suelo de la estancia eran blancos, lo que la confería un aspecto bastante siniestro a pesar de la multitud de colores que tintaban el edredón sobre el que me encontraba. Una veintena de globos grandes, alegres, vivamente coloreados, bailaban sobre la cama conmigo
al compás de mis saltos y constituían mi única compañía.

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Estoy segura de que lo que ocurrió a continuación, el nudo y al mismo tiempo desenlace de esta corta escena, fue provocado por el miedo que sentía. Este terror que me obligaba a saltar sin parar, este pánico a pesar de lo divertido de la situación y quizá provocado por su rareza,  hizo que la puerta de la habitación se abriera y de un oscuro espacio surgiera una bruja feísima y temible con aviesas intencionas, una de esas que inundaban mis sueños por aquel entonces. Inmediatamente me desperté.

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Era una comunidad, un lugar exclusivo y cerrado en el que entré sin mucho convencimiento, porque alguien a quien aprecio estaba dentro. Ciertos ritos iniciáticos eran algo bárbaros y la sensación general era de crueldad e imposición. Mi amiga/o y yo, por ser miembros nuevos, tuvimos que introducirnos en unos bidones llenos de una sustancia roja que teñía toda la piel. Otros miembros iban pintados de otros colores, todos llamativos y artificiales. No dejaba de pensar en cómo salir de esa especie de secta "arcoiris". Nadie podía ir a visitarme y me asustaba muchísimo quedarme allí para siempre.

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Mi familia y yo dábamos un paseo por el campo. Me encontré metida en una pequeña laguna amarronada pero no sucia, pequeña pero llena de vida animal y vegetal, aunque nada amenazante. Cuando ya estaba fuera del agua y fijándome con atención, me di cuenta de que el estanque estaba plagado de pequeños cocodrilos; cocodrilos oscuros, inquietos, que se agruparon rápidamente mientras nadaban en la superficie del agua formando una masa considerable. No entendía cómo podía haber estado metida allí y no haberme dado cuenta de su presencia. Súbitamente, un tronco enorme salió del agua corriendo y subió una pequeña ladera. Lo que todos pensábamos que sería uno de esos cocodrilos camuflado resultó ser, al salir del tronco, un mapache gigante que se deshizo de la madera y desapareció con paso rápido.

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Intentaba cruzar todo el mar que hay desde la playa de Los Peligros hasta El Puntal y mi primera intentona era fallida y agotadora, así que después optaba por una moto acuática en la que iba muy segura, de pie y a toda velocidad, al estilo en que navega Drew Barrymore en Mad love mientras la espía Chris O'Donnell. Al llegar allí, que no era una playa sino una extraña población de construcciones diversas, una familia estaba esperándome muy ilusionada. El hijo pequeño estaba deseando bailar conmigo. Y otro montón de gente me lo pidió después. No sé por qué ni cuándo pero de repente estaba abrazando fuerte y largamente a mi profesor de solfeo.

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Inmensas riadas recorrían violentamente las calles destrozando y deshaciendo cada casa y cada cosa de la ciudad. Desde mi ventana podía ver cómo a unos pobres obreros les ordenaron arreglar una pared prácticamente deshecha. Ponían parches, cemento, intentaban mantenerlo en pie pero era imposible. La casa se caía al igual que todo lo demás. En la TV, un programa musical en el que cada uno tenía que seleccionar qué canción le emocionaba más de entre tonadas relacionadas con la infancia de la gente. Como si lo de fuera no estuviera ocurriendo.

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En una casa llena de gente que me resultaba familiar por algún motivo desconocido, Cybill Shepherd aparecía como la Maddie Hayes de Luz de luna y era una privilegiada a la que los demás miraban con envidia y recelo. Un sanguinario violador llegaba y aunque todos trataban de huir de él, conseguía atrapar a Maddie y llevarla a algún sitio para hacerle daño. Cuando la volvíamos a ver, tenía destrozado, o más bien desaparecido, gran parte de su busto. Había agujeros transparentes en lugar de su hombro y pechos. Parecía una imagen de ciencia ficción. Pero la llevaban enseguida a un lugar milagroso y especializado en restituir carne humana. La conectaban a un aparato eléctrico con terminales que tenían la forma de las partes del cuerpo que la faltaban. Así que la ordenaban sacudirse para que la carne que la quedaba tomara la forma de la máquina. Lo hizo y al retirarse el aparato, volvía a tener todo el cuerpo y ninguna marca del sanguinario ataque.

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En un bosque repleto de los animales más difíciles de encontrar en Cantabria, unos cuantos observábamos siendo conscientes de que no podíamos acercarnos demasiado ni interactuar con los animales. Pero cuando un perezoso se acercaba andando lentamente ante las miradas atónitas de quienes allí estábamos, una chica psíquicamente deficiente, con gafas y en camisón se acercó a él sin ningún miedo. El perezoso se puso en pie y él y la chica se abrazaron cariñosamente. Aunque los perezosos me parecen unos de los animales más desagradables, aquel contacto me resultó envidiable.

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Discutía con una serie de personas en mi antigua casa sobre la inmoralidad de no sé exactamente qué acción hasta que alguien me replicaba: “Pues en el salón tenéis una persona escondida”. Sorprendida, no dejaba de preguntarme dónde se podía tener metida a una persona en el salón, ya que los mayores huecos eran los compartimentos del armario. Preocupada por el asfixia que tendría que estar sufriendo quien estuviera allí metido (especulaba que lo podrían haber escondido bajo los cojines del sofá y que normalmente nos sentaríamos encima), no dejaba de plantearme si denunciar a mi propia familia, de acuerdo con el “encierro”, pero de lo que estaba segura era de que yo no iba a buscar, porque la persona tenía que estar en estado de descomposición. De repente el armario estaba retirado de la pared y de allí detrás salió de dentro de una alfombra enrrollada Carla, una compañera de EGB. Guapa y sonriente, se mostraba de acuerdo con su situación, decía que no se agobiaba y que además era muy ventajoso porque estaba haciendo una gran labor para quién sabe quién, ya que desde allí podía espiar con impunidad y obtener información confidencial. Yo no podía creerla. Súbitamente, una niña pequeña y rellenita entró por la puerta del salón, para el regocijo de todos los que allí nos encontrábamos. Iba andando como un robot y yo pensé que habría salido de mi amiga al estilo Gremlin. La niña andaba despacio y pesadamente tirando todo lo que había por el suelo. Al llegar a mí me abrazó. Yo seguía perpleja y sin entender cómo Carla podría aguantar metida dentro de la alfombra y detrás de un armario pegado a la pared, pero ella me contesto que llevaría peor estar varias horas seguidas delante de un ordenador.

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En un paraje montañoso de lo más atractivo, los actores de Friends estaban vestidos como cuáqueros formando un coro que se disponía a lo largo del tramo de un sendero, todo ello en blanco y negro. Alguien dirigía las cómicas interpretaciones y su público, allí presente, lo disfrutábamos. En un momento concreto de su actuación, invitaron al público, representado en el sueño por menos de una veintena de personas, a vestirse como ellos y formar parte de la agrupación para disfrutar aún más del número en directo. La gente que paseaba por el camino montañoso no entendía la gracia de todo aquello.

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Estoy con un montón de gente desconocida en mi casa y de repente recuerdo que hace ya mucho tiempo guardamos a un chico minúsculo, del tamaño de un ratoncito, pero de mi edad, en una habitación. Cuando se me ocurre ir a verle caigo en la cuenta de que todo ese tiempo ha estado metido allí en compañía de un loro verde que tengo. El chaval tiene gafas, va vestido con camisa de cuadros y tiene un brazo pegado a la cabeza, porque todo su comportamiento está mimetizado con el del loro, y el ave duerme con un ala cubriéndole la cabeza. Así que lo cojo con una mano y se lo llevo a mi madre, para recriminarle y recriminarme que se nos haya quedado allí tanto tiempo, porque ya no es humano, es medio loro. Intentamos comunicarnos con él, pero no habla, sólo cacarea y lo que es peor, al intentar colocarlo bien, se le parten los brazos, y parecen dos alas de pollo de las que se comen fritas. Su aspecto es lastimoso, un chaval joven con camisa de cuadros, sin brazos y cacareando como única comunicación. Siento muchísima pena por él y me vuelvo loca buscando sus brazos por toda la casa. Finalmente los encuentro e intento colocárselos, pero lógicamente, no se quedan en su sitio. Así que mi madre y yo nos volvemos locas para pegárselos con cola sin que ésta le afecte al organismo.

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Un hombre con tres penes larguísimos, uno en la nariz, otro en el dedo corazón de la mano derecha y otro en su sitio, los iba luciendo sin pudor. Mi hermana, mi prima y yo éramos invitadas por él a una cena con muchísima otra gente. Mi repulsión no me dejaba comprender por qué ellas tenían curiosidad por acudir a la cena. Pero finalmente íbamos las tres, y sólo recuerdo que el pánico era protagonista de cada escena que incluyera al coleccionista de apéndices.

Mi primo-sobrino más pequeño, de año y pico, hablando como una persona mayor y con la cara cubierta de acné.

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Mi abuelo resucita y agradeciendo esta segunda oportunidad de pasar tiempo junto a él, me voy a pasear por Santander agarrada de su brazo realmente feliz y apretándole fuerte para que no se vuelva a ir.

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Amigos bajo el balcón de mi antigua casa rodeados de ciclistas y las chicas que les acompañan en el podium.

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Yo contratada para trabajar de foto-fija en una película protagonizada por los Morancos, descubriendo después que en realidad soy cámara y que haré lo posible por conseguir un resultado artísico y profesional. Al parecerme las acciones tan coloristas y graciosas, procuro apañármelas para hacerles fotos de recuerdo mientras grabo ¿?

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Antonio Gamero a mi lado y yo preguntándome a mí misma si realmente es él o Tito García e intentando reúnir el valor para preguntarle por su papel de Kuki en Las locuras de Parchís.

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Estábamos en Comillas en una casa antigua toda de madera tallada y me encontraba a Emilio Aragón en uno de los salones, después de mucho buscarlo, porque estaba como medio camuflado en una pared. Le explicaba que cuando era muy pequeña estaba fascinada con él y que decía que era quien más me hacía reír… Llamaba a mi madre para preguntarle cómo se llamaba ese programa donde le veía y luego le recordaba todas las cosas suyas que me gustaron. Le caía simpática y me contrataba, eso sí, no sé si para la TV o para una orquesta de las que dirige él… ¿?

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Mi tío Jesús, que a ratos es mi tía Loli, me dice que conduzca su coche por la carretera que va desde Cervera hasta Vallespinoso. Yo, asustadísima porque no tengo ni idea de conducir, acepto y mientras lo hago pienso que se parece bastante a ir en bici o jugar a un videojuego de coches. Claro que al llegar a nuestra casa del pueblo, estrello la furgoneta de mi tío, destrozo todo el morro y él, enfadado, le da a unos botones incorporados que la recomponen perfectamente. Toda contenta, le doy una palmadita como quitándole hierro a la situación, pero él me dedica una mirada furibunda. Entonces, mi tía, a quien he perjudicado simultáneamente, intenta ayudarme porque un niño repelente se queja de que le he estampado su bici contra el suelo.

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Peor que soñar con algo muy bueno y despertarte descubriendo que no era real es soñar una y otra vez con algo que quieres que ocurra y rematarlo con un sueño en el que crees que por fin ocurre lo que tanto habías soñado.