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    January 28

    Secretos del ojo

    Dependía de los ojos. El secreto del amor estaba en los ojos, en la manera que tenían las personas de mirarse unas a otras, en la manera en que se comunicaban y se hablaban los ojos cuando los labios estaban inmóviles. Los ojos de Chris me habían dicho más que diez mil palabras.

    Y no era únicamente su forma de tocarme y acariciarme tiernamente; era la forma de tocarme al tiempo que me miraba de aquella manera, y ése era el motivo de que la abuela nos hubiese impuesto la regla de no mirar el sexo opuesto. Saber que aquella vieja bruja conocía el secreto del amor... También ella pudo haber amado, no, ella no, aquella mujer de corazón de hierro, rígida como el acero... sus ojos nunca hubieran podido mirar con suavidad.
     

    Y entonces, a medida que ahondaba más y más en aquel tema, me di cuenta de que había algo más que los ojos; era lo que había detrás de los ojos, en la mente, un deseo de gustar, de hacer feliz, de dar goce, de quitar la soledad de no conseguir jamás que otros comprendan lo que uno quiere hacer comprender. El pecado, en realidad, no tenía nada que ver con el amor, con el verdadero amor.

    Virginia

    Foto: fragmento de una de las portadas de Flores en el ático (V. C. Andrews, 1979)

    January 21

    Meditando...

    "¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?"
    (Mt 16,26)

    Recuerda la clase de sentimiento que experimentas cuando alguien te elogia, cuando te ves aprobado, aceptado, aplaudido... Y compáralo con el sentimiento que brota en tu interior cuando contemplas la salida o la puesta del sol, o la naturaleza en general, o cuando lees un libro o ves una película que te gustan de veras. Trata de revivir este último sentimiento y compáralo con el primero, el producido por el hecho de ser elogiado. Comprende que este primer tipo de sentimiento proviene de tu propia "glorificación" y "promoción" y es un sentimiento mundano, mientras que el segundo proviene de tu propia realización y es un sentimiento anímico.

    Veamos otro contraste: recuerda la clase de sentimiento que experimentas cuando obtienes algún éxito, cuando consigues algo que anhelabas, cuando "llegas arriba", cuando vences en una partida, en una apuesta o en una discusión. Y compáralo con el sentimiento que te invade cuando disfrutas realmente con tu trabajo, cuando de veras te absorbe por entero la tarea que desempeñas. Y observa, una vez más, la diferencia cualitativa que existe entre el sentimiento mundano y el sentimiento anímico.

    Y todavía otro contraste más: recuerda lo que sentías cuando tenías poder, cuando tú eras el jefe y la gente te respetaba y acataba tus órdenes, o cuando eras una persona popular y admirada. Y compara ese sentimiento mundano con el sentimiento de intimidad y compañerismo que has experimentado cuando has disfrutado a tope de la compañía de un amigo o de un grupo de amigos con los que te has reído y divertido de veras.

    Una vez hecho lo anterior, trata de comprender la verdadera naturaleza de los sentimientos mundanos, es decir, los sentimientos de autobombo y vanagloria, que no son naturales, sino que han sido inventados por tu sociedad y tu cultura para hacer que seas productivo y poder controlarte. Dichos sentimientos no proporcionan el sustento y la felicidad que se producen cuando contemplas la naturaleza o disfrutas de la compañía de un amigo o de tu propio trabajo, sino que han sido ideados para producir ilusiones, emoción... y vacío.

    Trata luego de verte a ti mismo en el transcurso de un día o de una semana y piensa cuántas de las acciones que has realizado y de las actividades en que te has ocupado han estado libres del deseo de sentir esas emociones e ilusiones que únicamente producen vacío, del deseo de obtener la atención y la aprobación de los demás, la fama, la popularidad, el éxito o el poder.

    Fíjate en las personas que te rodean. ¿Hay entre ellas alguna que no se interese por esos sentimientos mundanos? ¿Hay una sola que no esté dominada por dichos sentimientos, que no los ansíe, que no emplee, consciente o inconscientemente, cada minuto de su vida en buscarlos? Cuando consigas ver esto, comprenderás cómo la gente trata de ganar el mundo y cómo, al hacerlo pierde su vida. Y es que viven unas vidas vacías, monótonas, sin alma...

    Propongo a tu consideración la siguiente parábola de la vida: un autobús cargado de turistas atraviesa una hermosísima región llena de lagos, montañas, ríos y praderas. Pero las cortinas del autobús están echadas, y los turistas, que no tienen la menor idea de lo que hay al otro lado de las ventanillas, se pasan el viaje discutiendo sobre quién debe ocupar el mejor asiento del autobús, a quién hay que aplaudir, quién es más digno de consideración... Y así siguen hasta el final del viaje.

    Extraído del libro UNA LLAMADA AL AMOR
    A- de Mello

    foto de lagape en 14/01/09

    Qué complicado y qué valiente es cambiar el final de la fábula de la zorra y las uvas. Por eso casi todos prefieren el falso happy end original. Aunque el hecho de que la zorra no llegue a las uvas no sea motivo para autoconvencerse de que están verdes.
     

    Zorra: lo mismo están maduras y dulces, la cuestión es que tú no llegas. Te toca apechugar. Díselo a Esopo si quieres.

    Dos fragmentos de ‘Hugo, el niño en sus mejores años’

    foto de lagape en 16/12/08

    “Hugo dobló dos veces a la izquierda, tres a la derecha y luego volvió en zigzag y llegó al mercadillo que era realmente bastante grande.

    Allí se ofrecían a la venta muebles baratos; objetos de decoración, como cuadros y jarrones; libros; relojes de montaña; botellas termométricas, pósters y tarjetas postales. Además, placas de latón, jaulas para pájaros, cubiertos de plata de diversos tamaños y formas. Y muchas otras cosas más. Lo único que no vio Hugo fueron niños viejos. En cuanto a niños en venta sólo había una niña negra con cinco trenzas y un niño cuervo un poco pálido y flacucho, con una caña de pescar. Parecía un poco retrasado porque llevaba una rosquilla colgada del anzuelo en lugar de una lombriz, y rechazó indignado la proposición que le hizo Hugo de ir a pescar a la orilla del Biegel. Pero esos tres niños, por extraños que fuesen, eran jóvenes.

    -Información errónea -murmuró Hugo con tristeza, y decidió abandonar el mercadillo y regresar a Zwynz. Entonces vio al final del mercadillo una cómoda. Y en la planta superior de la cómoda descubrió a un pequeño lector con un periódico. En la planta baja había también tres personajes pequeños (uno de ellos era la mitad de grande que los otros dos).

    Hugo se acercó a la cómoda y contempló con curiosidad aquellos personajes.”

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    foto de lagape en 20/01/09 

    “El nombre completo de la escuela voluntaria es: «Escuela-pensión voluntaria del bosque del profesor Wawa Weisenberg», y se encuentra en la proximidad de Chuzpe, cerca de Choralpe, al borde del bosque.

    El profesor Wawa Weinsenberg la fundó hace cincuenta años. Antes fue profesor en un instituto estatal durante cincuenta años. Y antes estudió durante cincuenta años. Abandonó la enseñanza estatal porque su tío de ultramar le había dejado una herencia millonaria. Se jubiló y quiso escribir sus memorias. Para escribir memorias hay que recordar. Así que Wawa Weisenberg recordó todo lo que pudo y se sintió fatal. Cuanto más recordaba, peor se encontraba. Su infancia, su juventud, su época de estudiante, sus años de profesor: un siglo de sustos y tormentos, preocupaciones y penas, miedo y maldad. Y lo que peor le sentaba a Wawa Weisenberg al recordar era descubrir que durante toda su vida no sólo había sufrido esos espantos, sino que también se los había hecho padecer a cientos de niños como profesor.

    Durante algún tiempo pensó en suicidarse. Pero entonces comprendió que con ello no ayudaría a nadie excepto a sí mismo y, armándose de valor, se dijo: «Lo que ha pasado no tiene remedio, pero se pueden extraer enseñanzas y debo transformarlas en hechos.»

    Wawa Weisenburg sacó sus millones de la caja de caudales y mandó construir su escuela cerca de Choralpe por encima de Chuzpe. La escuela es un gran edificio en cuyo centro se encuentra el Templo de la Sabiduría. El «viejo Wawa», así le llaman sus alumnos, siempre se encuentra en el Templo de la Sabiduría. Cuando los niños quieren saber algo vienen y le preguntan. Como el viejo Wawa es una de las personas más inteligentes que existen, puede contestar a casi todas las preguntas. Cuando alguna vez no sabe una respuesta, como en temas sobre viajes espaciales, por ejemplo, llama por teléfono a un astronauta y éste viene y se lo explica al niño.

    Los niños que de momento no tienen deseos de saber, permanecen en las salas que hay alrededor del centro o debajo de él. O, cuando el tiempo es bueno, al aire libre. Hacen lo que les apetece en ese momento: tiro al blanco, mirar la televisión, leer textos, hacer palomitas o buscar un tesoro. O trepan a los árboles y observan a los pájaros. O montan en bicicleta o en triciclo. O no hacen nada.

    Los enemigos de la escuela del profesor Wawa Weisenberg dicen que allí los niños no aprenden nada porque no se les obliga y porque los niños siempre prefieren jugar a aprender. Pero eso no es cierto. En el Templo de la Sabiduría hay alrededor del viejo Wawa siempre por lo menos el mismo número de niños que en las otras dependencias. Uno quiere que le expliquen por qué pueden volar los pájaros y las personas no. Uno quiere saber por qué el maíz de las palomitas se infla tanto al tostarlo. Y uno quiere aprender rápidamente las 26 letras para leer las líneas escritas en los tebeos. Uno necesita instrucciones para reparar un triciclo, y unos cuantos niños no necesitan ningún motivo para querer saber. Les gusta aprender el mayor número de cosas. Tantas que el viejo Wawa ha tenido que pedir a tres señoritas que vayan a la escuela voluntaria. Porque él no podía con tanta pregunta. Un día no tiene las suficientes horas para contestar a todas las preguntas de los niños. Próximamente el viejo Wawa contratará a una cuarta señorita o a un hombre porque los niños, dice el viejo Wawa, quieren cuando no se les obliga. Y entonces no hay quien los pare y preguntan hasta la saciedad. Si las cosas siguen así, el viejo Wawa tendrá que racionar el deseo de saber. Entonces cada niño recibirá a la semana treinta papeletas de color rosa. Cada papeleta valdrá por una pregunta y una respuesta exhaustiva y en toda regla. Y cuando haya agotado las treinta papeletas tendrá que irse a jugar. El viejo Wawa dice que la vida tampoco es, al fin y al cabo, una diversión en la que un niño pueda estar aprendiendo todo el rato.”

     

    Porque me gusta ver lo que las láminas de Jörg Wollman inspiraron en la imaginación de Christine Nöstlinger para escribir estos pasajes de ‘Hugo, el niño en sus mejores años’