| Laura's profile*Planeta imaginario*PhotosBlogLists | Help |
|
January 30 Just rattle your jewelry
Ayer debía de tener el día cínico. Porque normalmente cuando voy a conciertos de música clásica pienso (dependiendo del programa, claro está) que los jóvenes no saben apreciarlos, porque es difícil encontrar a alguien menor de 40 años en este tipo de actos que no sean los intérpretes o los acomodadores. Considero que ellos se lo pierden, porque así la música más sublime queda sólo para los oídos -¿más selectos?- de la gente mayor. Pero ayer esperaba el comienzo de un recital de piano mientras algo dentro de mí bullía al observar el panorama de mi alrededor. No podía dejar de preguntarme si la música de Prokofiev o Shostakovich se merecía un público tan encorsetado que me dio la sensación de convertir el concierto en la excusa para una rancia actividad social. El salón estaba repleto de Cuquis, Pilucas y Pocholas setentonas con sus abrigos de piel y collares de perlas girando la cabeza en sus asientos para no perderse ninguna entrada al lugar. Extrañadas porque “¡Oh! ¿Mari Puri no ha venido?” mientras arqueaban la ceja con disimulada satisfacción porque la ausencia de su “amiga” les daría nuevo motivo para el critiqueo: “¡Mari Puri no estuvo en el ciclo de Ciudades y Estilos! Sí, sí, como lo oyes… Pues qué raro, ¿no? Qué tendría que hacer más importante…” Cuchicheos continuos entre los asistentes, ruido de dentaduras postizas -no, no exagero-, cabezadas, respiraciones, ronquidos… Desolador panorama para un programa que incluía la maravillosa musicación de Mussorgsky de Cuadros de una exposición, inspirados en la obra de Victor Hartman. Precisamente, una invitación a que la mente imagine las pinturas inspiradoras de tales melodías. Igual los que dormían buscaban una visualización más surrealista… ¿Me atrevería a aconsejar a mis amigos una actividad así? Rotundamente si de verdad disfrutan de este tipo de música ¿Es este el mejor ambiente en el que hacerlo? Está claro que no. Pero es que era gratis. Y por eso fui yo. January 24 Dawson's end
No se te ocurra engancharte a una serie. Jamás te hagas asiduo de una de estas diabólicas sucesiones de capítulos, que en mayor o menor medida intentan imitar a la vida en algunos casos y a los largometrajes cinematográficos en otros. Menos si la serie en cuestión te ofrece unos personajes con los que te identificas o que por uno u otro motivo te resultan entrañables o interesantes. En ningún caso si las historias que cuenta incluyen temas que consideras relevantes en tu vida y que por tanto te gusta ver tratados en la pantalla.
Si encima la maldita elegida transcurre en sitios que te gustaría visitar (pero te consuelas con ver), si el vestuario te resulta agradable, si la fotografía te encanta ¡o incluso el color!... abandona tu afición. Puede resultar aún más peligrosa si cuenta con una mimada producción o un ritmo que cubra toda la gama de tempos, si combina la velocidad de las escenas frenéticas con la calma de planos-contraplanos inusualmente pausados, que permiten el óptimo avance de elaborados diálogos, sin prisa, permitiendo al espectador disfrutar de la intensidad de la emoción del momento.
Y en ningún caso te dejes llevar especial y personalmente por alguna de las tramas o subtramas. No permitas que la magia de esas escenas te transporte ni te emocione intensamente. Porque las muy ingratas se terminan. Y aunque lo sepas, tus expectativas pueden verse insatisfechas. Porque consciente o inconscientemente sabes cómo quieres que termine ésta, tu serie favorita. Y puede no terminar así. Y puede que todos esos fallos argumentales que hasta ahora perdonabas porque quedaban muchos capítulos aún, ahora resulten definitivos. Y así se queda. No hay más. Puedes cambiarlo todo en tu cabeza, pero no es lo mismo. La pena por su desaparición te hace desear no haberla terminado o puede que ni haber comenzado a verla. Imagina el efecto demoledor de la película con el final más conmovedor que recuerdes y multiplícalo por cien o doscientos o cuantos sean los episodios y temporadas de que conste tu serie. Difícil de soportar. Y ahora no me hagas ni caso. Porque ese riesgo, sin duda, merece la pena.
What we have goes beyond friendship, beyond lovers. It’s forever. You and me, always. Always January 19 Empatheia¿Se trata de un tópico o realmente son las mujeres más solidarias que los hombres? En España, la vulnerabilidad social, la violencia, exclusión, drogadicción, prostitución… convierten a la mujer en uno de los principales colectivos necesitados de ayuda, al igual que fuera de nuestras fronteras. Muchas mujeres necesitan protección por el simple hecho de haber nacido mujeres. ¿Es esto lo que nos impulsa al altruismo? Los datos numéricos corroboran la teoría. Del total de colaboradores activos en ONGDs, los porcentajes de voluntarias y temporales superan a los de los hombres. Éstos sólo cuentan con cifras más altas cuando hablamos de colaboradores contratados. Las mujeres comprenden mejor los temas de acoso sexual, maltrato o discriminación porque la mayoría se han visto afectadas de alguna manera. Tradicionalmente, la “ayuda al prójimo” ha sido una acción correspondiente a la mujer, que siempre ha estado más implicada con el propio ser humano, debido a su rol histórico: labores del hogar, cuidar ancianos, niños y hasta al marido o pareja. A pesar de que actualmente estos esquemas están cayendo, en ellas se ha desarrollado una tendencia a la ayuda más desarrollada. Tanto en el mundo del Voluntariado como en el campo “de lo social”: Trabajo Social, Enfermería, Pedagogía, Psicología, etc., siempre han participado más mujeres que hombres. La fémina tiene más sensibilidad para captar las necesidades de los demás y, de modo natural, se siente inclinada a proteger al más débil. Esas cualidades son necesarias para la maternidad, que conlleva cuidado y ternura, lo que no sólo se práctica con el niño/a si no con los/as demás. Así como el hombre está preparado por la naturaleza para la paternidad, la mujer lo está para ser madre. Es cuestión no sólo fisiológica sino también psicológica. Hay asociaciones cuyas actividades están exclusivamente dirigidas a las mujeres: victimas de malos tratos, en situación de marginación, etc. Está claro que siempre se ha de incluir a la mujer entre los grupos sociales más desfavorecidos. En el campo de las drogodependencias, por ejemplo, la mujer sólo llega al 17% de los/as drogodependientes, pero en cambio, en el mundo del maltrato, es la que lleva la peor parte, la mayoría de las veces por un problema de dependencia hacia el hombre. Pero ni la educación ni la sociedad son las principales responsables. En el cerebro podría estar la clave. Las diferencias entre nosotros se encuentran en el lóbulo temporal del encéfalo. El cerebro femenino está más lateralizado hacia el hemisferio izquierdo, una zona especializada en el área de la comunicación. Por eso somos más perceptivas, más protectoras. En los hombres tiene más peso el hemisferio derecho con su capacidad para manejar el espacio y la abstracción de ideas. Este es el motivo por el que las mujeres aprenden a leer antes o perciben mejor el talante de sus interlocutores, por qué hay más hombres dedicados a las matemáticas y la composición musical, por qué los juegos de los niños son más agresivos que los de las niñas, por qué las mujeres tienen más facilidad para los idiomas y hasta por qué los hombres son más competentes a la hora de aparcar un coche en espacios pequeños… Un estudio realizado en Toronto revela que si bien los ejecutivos varones soportan mejor el estrés (algo muy valorado hasta ahora para puestos directivos), las mujeres mantienen mejores relaciones interpersonales y son socialmente más responsables que sus compañeros. A pesar de que, afortunadamente, la diversidad humana nos obsequia con hombres solidarios y mujeres creativas, es un hecho que la empatía es una de las marcas de fábrica del cerebro femenino. |
|
|